miércoles, 16 de diciembre de 2015

La vida antes de marzo.

Como le decía, mi padre era veterinario y me llevaba
con él a visitar las vacas enfermas en su vieja furgoneta llena
de remedios, instrumentos quirúrgicos y jeringas enormes
para la cura de caballos, vacas y gallinas... Todo aquello
hacía clin clin al pasar el coche por los senderos de
guijarros puntiagudos, entre matas espinosas y ortigas picantes.
Clin clin, clin clin.
Un día podíamos visitar un enorme toro, padre de todas
las vacas del valle, y otro día una tierna novilla, de ojos
melancólicos, que tosía como una muchacha acatarrada, y
que mi padre ordenaba sacrificar porque no tenía cura. En
esa ocasión comprendí que nuestra vida y nuestra muerte
las administra Dios como si fuéramos ganado. Porque yo
entonces era un niño creyente y decía al despedirme de
Genia por la noche, temerosa y pálida –me refiero a la noche,
no a Genia, la criada–: «Hasta mañana, si Dios quiere.
» Y esa noche, después de que mi padre condenara a
muerte a la novilla de ojos pacíficos, me levanté de la
cama y fui hasta el cuarto de Genia, que se estaba desvistiendo,
y le pregunté: «¿Y si Dios no quiere?» Y ella contestó:
«¿Y si te pego una hostia por entrar sin llamar?»

La vida antes de marzo - Manuel Gutiérrez Aragón

No hay comentarios:

Publicar un comentario